Fragmentos y comentarios de algunas lecturas

domingo, 23 de octubre de 2016

Embriaguez - Jean Luc Nancy




     El talento del filósofo francés Jean Luc Nancy se derrama sobre sus libros a cada ocasión, incluso en aquellos textos más breves dedicados a una circunstancia puntual como es el caso de Embriaguez, escrito para un encuentro organizado en los viñedos alsacianos de Ribeauvillé, una localidad próxima a la Universidad de Estrasburgo donde Nancy es profesor emérito de filosofía. El acierto de publicarlo corresponde a la Editorial Universidad de Granada, y tanto el prólogo como la excelente traducción son obra de Cristina Rodríguez Marciel y Javier de la Higuera.

   Jean Luc Nancy inicia Embriaguez con la siguiente reflexión de Baudelaire:

    Es menester estar siempre borracho. Todo se reduce  a eso: es lo único importante. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo, que os destroza los hombros y os encorva hacia la tierra, es menester que os emborrachéis sin tregua. Sí, y ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro antojo. Pero embriagaos.

     En Embriaguez Nancy no deja de ir de la mano del vino y se detiene con lucidez en el beber, pero la cita de Baudelaire apunta, ya desde el inicio del libro, a una querida apertura de significados desde la que el filósofo presta más atención a la embriaguez entendida como impulso y auge del espíritu que a la embriaguez entendida como borrachería. Para Nancy la sobriedad permanente no es una opción deseable: «el estricto rechazo de la embriaguez no deja de manifestar un rechazo, incluso una ignorancia de la existencia y de la proximidad de un afuera y de una ruptura del dique por donde todo eso puede discurrir», y es la suya una invitación a la embriaguez en sentido abierto: de vino, poesía, virtud, y de todo aquello que nos lleve al goce, a la alegría como la definía Spinoza, «paso de una perfección menor a una más grande». Esta invitación de Nancy que empapa cada página del libro es sencillamente bellísima, y lo es gracias a su extraordinario talento como escritor: balancea el texto entre el discurso sobrio y el ebrio, lo racional y lo pasional, recorremos textos y poesías de otros autores y juega con repeticiones y pequeñas variaciones para crear un sensación envolvente y embriagadora.

     Leyendo la cita de Baudelaire también podemos advertir aquello que tiene de incómodo: la embriaguez como tentación para olvidar, escapar, «para no sentir el horrible fardo del Tiempo». Nancy reflexiona sobre la liberación, ligereza y sublimidad que otorga la embriaguez pero también sobre la dependencia, la pesadez y la declinación, y recordará a Sócrates, «un asombroso bebedor que permanece dueño de sí y que, de esta manera, entra en una más alta ebriedad». Identifica esta ebriedad socrática con el goce, o lo que es lo mismo y esto es crucial, con «la identidad dada en el abandono», y la relaciona con la verdad donada (la del vino y la de los niños) que reconocemos sin vacilar cuando nos desligamos de encubrimientos «causados por la preocupación, el proyecto, la acción, todo lo que confunde la verdad con la ejecución de un proceso». Sin embargo, lo más esencial en Embriaguez es la escritura de Nancy relacionada con lo absoluto, con el afuera y el afuera que existe en nosotros, con lo independiente que depende enteramente de nosotros, de nuestra apertura, y bien podemos embriagarnos con el afuera o bien podemos retirarnos e ir embebidos en nosotros mismos. Lo independiente depende de nosotros pero, más aún, nosotros dependemos de lo independiente. 

     Como bien señala el prólogo de la obra "Embriaguez es un libro irrigado, empapado y chorreante del pensamiento de Jean Luc Nancy", un libro en el que merece la pena detenerse, que bien merece relecturas y que también es uno de los textos breves más inspirados que he tenido la oportunidad de leer del filósofo francés; un libro que Jean Luc Nancy inicia con una cita de Baudelaire y que finaliza con Marcel Proust: 

     Bien sé que se me objetará la vieja muletilla de Augier: "¡Qué importa el frasco, con tal que se emborrache uno!" Puede que Roberto haya conseguido la borrachera, pero la verdad es que no ha dado prueba de buen gusto al escoger el frasco.

En busca del tiempo perdido 3. El mundo de Guermantes


Viñedos en la región de Alsacia.   Fot.: Clara Tuma para The New York Times

domingo, 24 de julio de 2016

Poeta en Nueva York - Federico García Lorca



      
     Poeta en Nueva York es uno de nuestros poemarios más célebres y Navona Editorial ha decidido incluirlo en su colección los ineludibles. Su diseño para el libro es austero pero elegante, sin notas, e incluye un muy breve comentario biográfico sobre Federico García Lorca y las circunstancias en las que escribió Poeta en Nueva York. Una obra en la que no resulta del todo fácil entrar pero en la que uno desea quedarse.

   

PANORAMA CIEGO DE NUEVA YORK

Si no son los pájaros
cubiertos de ceniza, 
si no son los gemidos que golpean las ventanas de la boda,
serán las delicadas criaturas del aire
que manan la sangre nueva por la oscuridad inextinguible.
Pero no, no son pájaros, 
porque los pájaros están a punto de ser bueyes.
Pueden ser rocas blancas con la ayuda de la luna, 
y son siempre muchachos heridos
antes de que los jueces levanten la tela.

Todos comprenden el dolor que se relaciona con la muerte
pero el verdadero dolor no está presente en el espíritu.
No está en el aire, ni en nuestra vida,
ni en estas terrazas llenas de humo.
El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas
es una pequeña quemadura infinita
en los ojos inocentes de los otros sistemas.

Un traje abandonado pesa tanto en los hombros,
que muchas veces el cielo los agrupa en ásperas manadas;
y las que mueren de parto saben en la última hora
que todo rumor será piedra y toda huella, latido.
Nosotros ignoramos que el pensamiento tiene arrabales
donde el filósofo es devorado por los chinos y las orugas
y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas
pequeñas golondrinas con muletas
que sabían pronunciar la palabra amor.

No, no son los pájaros.
No es un pájaro el que expresa la turbia fiebre de la laguna,
ni el ansia de asesinato que nos oprime cada momento,
ni el metálico rumor de suicidio que nos anima cada madrugada:
es una cápsula de aire donde nos duele todo el mundo,
es un pequeño espacio vivo al loco unisón de la luz,
es una escala indefinible donde las nubes y rosas olvidan
el griterío chino que bulle por el desembarcadero de la sangre.
Yo muchas veces me he perdido
para buscar la quemadura que mantiene despiertas las cosas
y solo he encontrado marineros echados sobre las barandillas
y pequeñas criaturas del cielo enterradas bajo la nieve.
Pero el verdadero dolor estaba en otras plazas
donde los peces cristalizados agonizaban dentro de los troncos,
plazas del cielo extraño para las antiguas estatuas ilesas
y para la tierna intimidad de los volcanes.

No hay dolor en la voz. Solo existen los dientes, 
pero dientes que callarán aislados por el raso negro.
No hay dolor en la voz. Aquí solo existe la Tierra.
La Tierra con sus puentes de siempre
que llevan al rubor de los frutos.